21 mar. 2011

21 DE MARZO DÍA INTERNACIONAL PARA LA ELIMINACIÓN DE LA DISCRIMINACIÓN RACIAL

Isla de Gorée, Senegal. Uno de los últimos puntos de tráfico de esclavos en el mundo.

La casa de los Esclavos. La puerta del nunca más. Por dónde millones pasaron rumbo a la esclavitud y a la muerte

 El legado de la "puerta del nunca más" la puerta del no retorno" - 


Mensaje del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, Navi Pillay, con motivo del Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial



Hace poco visité la Isla de Gorée, Senegal, la infame "puerta de no retorno" en la que los africanos fueron enviados en un sinnúmero de cadenas para las Américas durante la trata transatlántica de esclavos. Mientras iba por la isla, donde miles de seres humanos fueron utilizados como mercancía, como objeto de comercio, me llamó la atención sobre todo el hecho de que la Asamblea General de Naciones Unidas ha proclamado 2011 como Año Internacional de los Pueblos de Ascendencia Africana. Dado que el corazón de esta iniciativa es la promoción de los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de las personas de ascendencia africana, así como su participación e integración en todos los aspectos de la sociedad.
Una primera oportunidad para ello es la celebración anual del Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial, celebrada el 21 de marzo. Esta fecha fue elegida porque marca la masacre en 1960, cuando 69 manifestantes fueron asesinados durante una protesta pacífica contra el régimen del apartheid en Sharpeville, Sudáfrica Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial es un recordatorio anual que debe actuar con mayor decisión en la lucha contra el racismo, la discriminación y la intolerancia. El creciente número de incidentes en varias partes del mundo demuestra que un mayor compromiso con la aplicación plena y efectiva de los derechos humanos para combatir estos flagelos se necesita urgentemente.
A diferencia de anteriores celebraciones, el Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial este año se centra especialmente en las personas de ascendencia africana para resaltar la exclusión y la marginación que siguen. Muchas de estas personas son descendientes de las víctimas de la trata de esclavos transatlántica, una de las mayores manchas en la conciencia humana.
Las estadísticas confirman la magnitud de este crimen contra la humanidad. Aunque la información varía debido a la falta de documentación necesaria, se estima que algunos africanos 14 millones fueron traídos a América como esclavos, y otros 14 millones fueron trasladados a Oriente.
Sólo en las Américas, el número de afro-americanos supera los 200 millones de personas y muchos de ellos viven en circunstancias terribles. A menudo son los más afectados por la pobreza, el desempleo y las malas condiciones de vida. Esto no es un mero accidente del destino. Debemos reconocer que la raíz de esta triste realidad es la discriminación estructural, que se originó en lugares como la Isla de Gorée.
De hecho, el legado de la esclavitud persiste en muchas de las prácticas actuales. Vemos reflexiones de ascendencia africana en la discriminación contra la discriminación racial, la sobrerrepresentación de la población carcelaria y la falta de acceso a los servicios de educación, justicia y atención médica de calidad. Debido a estos obstáculos, planteadas por los prejuicios, la intolerancia y la desigualdad, miles de personas se han negado sus derechos humanos.
Recientemente, en abril de 2009, en la Conferencia de Examen de Durban contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, 182 países convinieron en que una renovación del compromiso que se necesitaba para combatir estos flagelos.
Mientras que las celebraciones de la ONU ofrecen la oportunidad de debatir y abordar los muchos retos que las personas de origen africano siguen sufriendo debido a la discriminación racial y el racismo,  también proporcionan plataformas de alto nivel para exponer y celebrar las muchas contribuciones en todos los ámbitos del quehacer humano. En las artes y las ciencias, derecho y política, las personas de ascendencia africana han impresionado su huella en la historia, las naciones en forma avanzada y los más altos ideales de la libertad, el progreso, la resistencia, la confianza y la industria.
En muchos casos, sin embargo, los libros de historia, los programas escolares y las tradiciones orales no reflejan la riqueza y el alcance del patrimonio, el trabajo y los logros de ascendencia africana. Estas lagunas intencionales o la negligencia debe ser completado por los relatos de la lucha, el dolor y el éxito que pertenecía exclusivamente a las personas de ascendencia africana y su experiencia en curso.
Espero que el 2011 se ejecute una profunda discusión sobre los desafíos que enfrentan los afro-descendientes, y que ofrece varias instancias donde se pueden encontrar propuestas y soluciones innovadoras para hacer frente a estos desafíos.
Pido a todos los hombres de buena voluntad el asegurar que los estados y comunidades de todo el mundo con el respeto internacional de los derechos humanos. Vamos a hacer nuestro objetivo en este Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial el expresar la solidaridad con las personas de ascendencia africana y generar soluciones a sus circunstancias, aspiraciones y su derecho a una vida digna y próspera.

7 mar. 2011

500 AÑOS DE VENTAJA....CÓMO LO QUE PASÓ EN LA ESCLAVITUD NOS AFECTA HOY?



                   Tomado del  blog de Comparsa Nigeria nigeria-purotambor,blogspot.com

ES HORA DE EXIGIR NUESTROS DERECHOS Y COMENZAR A TOMAR NUESTROS LUGARES !

Debate temático en el contexto del año internacional de los afrodescendientes

7 de marzo de 2011
"La discriminación racial contra los afrodescendientes" 

Nota de presentación

1.Introducción
En el contexto del Año Internacional de los Afrodescendientes 1, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial  (CERD) celebrará un día de debate temático sobre la discriminación racial contra las personas afrodescendientes en su sesión setenta y ocho, que se celebrará del 14 de febrero al 11 de marzo de 2011.

2. Enfoque y objetivos:
El Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial ha identificado este debate temático como una iniciativa para contribuir a las celebraciones del Año Internacional de los Afrodescendientes. El Año "tiene por objeto reforzar las acciones nacionales y regionales y  la cooperación internacional en beneficio de los afrodescendientes en relación a su pleno disfrute de los derechos económicos, culturales, sociales, civiles y políticos, su participación e integración en todas las esferas políticas, económicas, sociales y culturales de la sociedad, y la promoción de un mayor conocimiento y respeto de su diversidad patrimonial y cultural."2
El debate temático tiene como objetivo mejorar la comprensión de las causas y consecuencias de la discriminación racial contra los afrodescendientes a través de un intercambio de información relevante y un examen de los avances, desafíos y lecciones aprendidas en este sentido. La definición de la discriminación racial, según el artículo 1 de la Convención Internacional sobre la Eliminación de la Discriminación Racial Discriminación "denotará toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, ascendencia, o el origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en pie de igualdad, de los humanos los derechos y las libertades fundamentales en las esferas política, económico, social, cultural o en cualquier otra esfera de la pública la vida."3

3. Fecha y lugar:
El debate temático se llevará a cabo en una  reunión plenaria en la Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra, Palacio de las Naciones, Sala XVIII, Ginebra, el 7 de marzo de 2011, de 10:00 a13:00 y de 15:00 a 18:00 horas.

4. Participación:
El Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial invita a los Estados partes, órganos y agencias especializadas de las Naciones Unidas, organismos especializados de derechos humanos de las Naciones Unidas, instituciones nacionales de derechos humanos, organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, instituciones académicas y otras organizaciones pertinentes e individuos interesados, a asistir a la discusión temática, compartir sus experiencias y expresar sus puntos de vista. Las contribuciones escritas específicamente relacionadas con los temas de la discusión son bienvenidas. Los participantes que deseen hacer una intervención oral de 3 minutos durante la reunión deberán informar a la Secretaría del Comité y, con el fin de facilitar la traducción simultánea durante el evento, proporcionar un resumen escrito de su declaración por adelantado.
Las contribuciones escritas y las declaraciones podrán presentarse en inglés, francés o español y deberán enviarse a la Secretaría en formato electrónico a:ghabtom@ohchr.org  (con copia a: hfuentes@ohchr.org) antes del 4 de marzo de 2011.

La discriminación racial contra los afrodescendientes¡Exprésate! ¡Tu opinión cuenta!
Os invitamos a tí y a la organización a la que perteneces a presentar vuestros comentarios o preguntas a un orador o sobre un tema en específico envíando un correo a participatenow@ohchr.org antes del 6 de marzo de 2011.

5. Metodología:
El formato del debate temático consistirá presentaciones de 15 minutos por los panelistas invitados seguidos de un diálogo interactivo sobre los siguientes temas específicos: Afrodescendientes y los mecanismos internacionales de derechos humanos: desafíos y logros; Historia y efectos de la trata transatlántica de esclavos en los afrodescendientes; Situaciones socioeconómicas actuales y cuestiones de inclusión social relativas a los afrodescendientes; Mujeres afrodescendientes y Afrodescendientes de migración más reciente desde África. Además de su presentación oral, y con el fin de facilitar la traducción simultánea durante el evento, los panelistas deberán presentar un documento escrito (resumen y presentación escrita)  con anticipación. Después de las presentaciones hechas por los panelistas, el foro se abrirá para un diálogo interactivo con los participantes. El formato del día de debate busca que los participantes puedan intercambiar opiniones en un diálogo franco y abierto. El Comité pide, por lo tanto, que los participantes se abstengan  de leer declaraciones formales durante el día de debate.

6. Resultado
El debate temático servirá para dar a conocer las causas y consecuencias de la discriminación contra los afrodescendientes; para promover la visibilidad del patrimonio y la cultura diversos de los afrodescendientes; y para recopilar las lecciones aprendidas en este sentido.
El Comité, en una sesión posterior, sistematizará y estudiará la información obtenida, procederá al debate y decidirá nuevas acciones, incluyendo la emisión de recomendaciones en relación con la eliminación de la discriminación racial contra los afrodescendientes al examinar los informes de los Estados partes, formular propuestas sobre la aplicación del artículo 1 de la Convención, y la posibilidad de iniciar la elaboración de una Recomendación General sobre el tema en el contexto de la Convención.
La información presentada durante el día de la discusión temática, incluyendo las presentaciones de los panelistas, declaraciones formuladas durante el debate, así como las declaraciones existentes hechas  por otros organismos de las Naciones Unidas se recopilarán y serán puestas a disposición en el sitio Web del ACNUDH, junto con un resumen informal del debate.

7. Acreditación:
Favor de rellenar el siguiente formulario de registro de conferencias y enviarlo a la Secretaría por correo electrónico: aquist@ohchr.org y copia acrosniansky@ohchr.org,  o por Fax: +41 (022) 917 9008 antes del 4 de marzo de 2011.
Para mayor información sobre el día de debate temático, favor de ponerse en contacto con la Secretaría del Comité  hfuentes@ohchr.org.
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1. Resolución de la ONU A/RES/64/169

2. Ibid, par. 1
3. Convención Internacional para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial,  artículo 1.


6 mar. 2011

RECONSTRUIR HAITÍ ES NUESTRA TAREA


Los latinoamericanos tenemos una deuda con Haití y es buena la hora para pagarla. Fuera de los Estados unidos de NA, Haití fue el primer pueblo en independizarse y fue el lugar de refugio de las personas libertarias en los momentos de la lucha por la independencia latinoamericana. Es el lugar donde se concibió que los colores amarillo, azul y rojo embellecerán las banderas de la Venezuela, Colombia y Ecuador. Es el lugar donde los independentistas se hacían llamar "incas", como en el mundo andino, y que escogió llamarse "Haití" (tierra alta) usando el idioma taíno, en vez de usar el francés o el castellano para autonombrarse.

Es la cuna de la primera rebelión antiesclavista del planeta que tuvo éxito... pero también es el país que hasta hoy paga el precio de ese atrevimiento y por esa victoria. Con una mano en el pecho debemos reconocer que los que ayer abrieron puertas para nuestra independencia y que lucharon en nombre del Nuevo Mundo (y no de Europa o de África), en nuestros días no son considerados latinoamericanos. Para el pueblo llano de América Latina y el Caribe, Haití tal vez nos pertenezca sólo en el mapa y nada más. Si no fuera por Alejo Carpentier y su extraordinaria "El siglo de las luces", la intelectualidad globalizada y de moda no hubiera hablado de Haiti en los últimos 50 años.

Tenemos los ojos cerrados frente a lo que allí sucede. No hay peor ciego que el que no quiere ver, pues nosotros sabemos perfectamente que es el país con las peores estadísticas de pobreza de todo el Nuevo Mundo. Me atrevería a decir que eso le proporciona a ciertos políticos y planificadores la íntima felicidad de no ser considerados los últimos en ese rubro. Felicidad que no mueve a la solidaridad, pues somos tan ajenos a Haiti como alejados estamos a Mongolia e Irkutsk, en sus antípodas.

Sin embargo Haití pertenece al Nuevo Mundo y ayudó a forjarlo. Hoy ya se habla desembozadamente de crear un protectorado de las Naciones Unidas, puesto que hay que inventar nuevos términos para expresar lo que tanto (in)gobernabilidad como (in)gobernanza no alcanzan a describir. Cuando ese planteamiento sea oficial, seguramente correrán las listas de abajofirmanes protestando por el hecho.

Lo que Haiti necesita de nosotros es más que una "solidaridad" en la emergencia. Nosotros, los latinoamericanos y caribeños tenemos una deuda con ese pueblo hermano y debemos pagarla. Ha llegado el momento.

Sólo latinoamericanos como nosotros podremos entender lo que allí sucede y cómo se puede actuar. Hablando de los problemas del desarollo nosotros sabemos cómo funcionan los presidentes y los parlamentos, cómo funcionan las mafias y los grupos de poder, los narcos y los falsos profetas, los burócratas, los consultores y todolodemás. Sabemos lo que es trabajar en zonas de guerra, en barrios populares y en medio de la amenaza y la inseguridad. Haití es igual que nosotros e idéntico a vastas zonas en cada uno de nuestros países, con la única diferencia que allí acontecen todos los problemas juntos y desde hace tiempo. Pero los latinoamericanos también sabemos por experiencia propia que son las noticias malas las que llegan a los titulares de fuera. También sabemos que en todas las esferas y estratos sociales --absolutamente todas-- hay mujeres y hombres insospechadamente extraordinarios que saben dar de si aún en los momentos menos favorables. En eso tampoco Haití es diferente a nosotros, salvo el hecho que están a punto de perder la esperanza.

La experiencia que tenemos nos dice que luego de un desastre generalmente se reconstruye la miseria cuando es ese el momento --esa la oportunidad-- para que las cosas cambien. La experiencia reciente también nos dice que nosotros tenemos en nuestras cabezas el "chip" de la ayuda humanitaria, pero no tenemos el "chip" de la reconstrucción. Pasada la emergencia muy rápido vendrán las lavadas de manos, las excusas para no hacer mucho (o nada) y el olvido. La experiencia reciente también nos dice que no será dinero el que faltará. Los latinoamericanos sabemos hacer mucho con poco. Ahora tenemos una oportunidad para arreglar cuentas con nuestra historia.

Propongo a quienes trabajamos en los asuntos de la cooperación al desarrollo donemos cerebro, donemos nuestra experiencia y hasta nuestra rabia contenida. Mostremos nuestra solidaridad pensando "fuera del marco" el mejor modo de apoyar con energía y profesionalismo al pueblo de Haití para reconstruir sus ciudades, su economía y su tejido social. En medio de la desgracia, la coyuntura internacional es favorable para movilizar recursos. Los dueños del mundo no saben qué hacer con Haití. La ventana de oportunidad para que nos permitan pensar en la reconstrucción desde el momento de la emergencia se ha abierto.

LA INFLUENCIA DE LA REVOLUCIÓN HAITIANA EN EL CARIBE Y LAS AMÉRICAS




La sublevación de agosto de 1791 de los esclavos de Santo Domingo, pronto convertida en insurrección  general, desembocó en la abolición de la esclavitud y en la Guerra de Independencia de Haití, abriendo paso a un triple proceso de destrucción del sistema esclavista, de la trata negrera y del sistema colonial.
En el decenio 1798-1807, antes de que Inglaterra iniciar a su cruzada contra el tráf ico negrero transatlántico, Haití fue la única nación que combatió la trata en el “Mediterráneo del Caribe”, persiguiendo a los navíos
portugueses y españoles y liberando a cargamentos enteros de cautivos africanos.
Entre 1795 y 1800, las insurrecciones de esclavos debilitaron el poder colonial en las posesiones españolas.
En Venezuela, por ejemplo, los insurrectos de Coro reclamaron en mayo de 1795 la “ley de los franceses”, esto es, la abolición de la esclavitud. En 1794-1795, estallaron también rebeliones de esclavos en las plantaciones de Luisiana.
Algo más tarde, en el per iodo 1810 -1812, la conspiración del cubano José Antonio Aponte en La Habana se inspiró en el ejemplo de Haití.
Los haitianos desempeñaron también un papel importante en la progresión del proceso de destrucción del
sistema esclavista en Guadalupe y Martinica, entre 1804 y 1848. Asimismo, la Revolución Hait i ana inf luyó en la rebelión de 1808 en la Guyana inglesa, la sublevación de los esclavos de Demerara en 1823, las insurrecciones de Jamaica en 1831-1832 y las revueltas de esclavos en Puerto Rico durante la primera mitad del siglo XIX. La llegada de haitianos a los Estados Unidos incitó a las autoridades de este país a reforzar el sistema esclavista, provocando a sí numerosas rebeliones de esclavos – especialmente en Luisiana – y luchas de resistencia heroicas como las de Gabriel Prosser (1800), Denmark Vesey (1822) y Nat Turner (1831).
En Venezuela, Francisco de Miranda (en febrero de 1806) y Simón Bolívar ( entre diciembre de 1815 y enero de 1816; y luego entre octubre y diciembre de 1816) recibieron una ayuda decisiva de Haití. El Presidente Pétion reclamó a Bolívar “la libertad general de todos los esclavos de la provincia de Venezuela”. El gobierno haitiano acordó también suministrar armas y municiones a los mexicanos conducidos por el general Mina en septiembre de 1816, así como a Colombia en septiembre de 1820. Por último, después de que la esclavitud se aboliera en 1848 en las colonias francesas, los “nuevos hombres libres” de éstas tomaron por modelo la Revolución Haitiana para preconizar la independencia de la isla de Guadalupe.
La Revolución Haitiana, al asociar las ideas de libertad e igualdad y emprender el camino de la independencia, puso en marcha un proceso irresistible de liberación en las Américas.
Oruno D. Lara
enero 20, 2010
La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.
El voto y el veto
Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.
Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:
-Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.
La coartada demográfica
A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:
-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.
Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.
En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado… de artistas.
En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.
La tradición racista
Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.
Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.
En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro “puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.
La humillación imperdonable
En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.
La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.
El delito de la dignidad
Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.
Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad.
La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia.

LA ESCLAVITUD DOMÉSTICA NO ERA TAN TOLERABLE COMO SE CREÍA

ESTUDIO DE CASO....LAS ESCLAVAS DEL RINCÓN

"La libertad parte, más allá del discurso, de un supuesto ético innegociable e insobornable: la soberanía individual y colectiva como sustento de la convivencia democrática."

HUGO ACEVEDO


En "Las esclavas del Rincón", la docente uruguaya Susana Cabrera --oriunda de nuestra capital pero radicada hace años en Tacuarembó-- propone una profunda reflexión en torno al aberrante estigma de la esclavitud, a partir de la recreación de un famoso caso judicial acaecido en el siglo XIX.
La autora asume una minuciosa investigación, procurando desentrañar los enigmas que rodearon al asesinato de doña Celedonia Wich de Salvañach. Acudiendo a múltiples fuentes documentales y testimonios, la escritora reconstruye un episodio removedor sucedido el 4 de julio de 1821, que sacudió la rutina cotidiana del Montevideo de la época. A partir de las revelaciones contenidas en documentos, actas y escritos judiciales, Susana Cabrera arma pacientemente el complejo rompecabezas de su relato.
La narración se inicia precisamente el día del asesinato, para luego evolucionar retrospectivamente hacia el corazón del conflicto humano que originó la tragedia. Tomando fragmentos de las declaraciones de los imputados --todos ellos esclavos negros-- ante la Justicia, la novelista hurga debajo de la epidermis de los personajes, con el propósito de esclarecer las causas de un caso sin dudas polémico, más allá de su mero desenlace.
Nutriéndose de los testimonios de las tres esclavas negras, la autora elabora un intenso relato que --al margen del mero episodio-- tiene un trasfondo eminentemente ético. Con precisos trazos costumbristas, Susana Cabrera reconstruye los escenarios de la sociedad de una época de doble moral, en la que era habitual comulgar cotidianamente en la iglesia pero admitir y aceptar la humillación de la esclavitud y la privación de la libertad como una circunstancia natural.
De los testimonios rescatados en esta obra, se infiere claramente que las esclavas negras que cometieron el homicidio, fueron víctimas de implacables prácticas de maltrato, torturas y castigos corporales por parte de su iracunda ama. Según los testimonios citados en este trabajo incluso de parte de familiares, Celedonia Wich de Salvañach era una mujer despiadada, que en sus momentos de ira irrefrenable, no dudaba en castigar con el látigo a sus esclavos e incluso hasta mofarse de sus cultos y creencias.
Aunque se remite con rigor a los testimonios de los protagonistas del trágico episodio, la autora ensaya una lectura crítica de la realidad a partir del cuestionamiento de la esclavitud como un fenómeno tan autoritario como degradante.
El libro contiene la transcripción del brillante alegato del doctor Lucas Obes, que tuvo a su cargo la responsabilidad de defender a las acusadas en condiciones naturalmente muy adversas. La pieza, más allá de lo meramente jurídico, comporta un intenso discurso crítico contra la esclavitud y una reivindicación de la libertad como supremo presupuesto de convivencia civilizada. Pese a los denodados esfuerzos del jurista, las acusadas fueron ejecutadas en la horca, multiplicando el drama originalmente gestado por el asesinato de la irascible viuda.
La sentencia que impuso la pena capital a las imputadas, que fue dictada por un tribunal condicionado a satisfacer las demandas de justicia de una sociedad jaqueada en sus privilegios por el acto de rebeldía, constituye también de por sí un contundente testimonio. "Las esclavas del Rincón", más allá de su estructura de novela, se erige un intenso alegato contra la esclavitud, el sometimiento y el autoritarismo de una sociedad frívola y de doble moral.
Susana Cabrera reconstruye la tragedia con trazo minucioso, desnudando sin eufemismos el implacable despotismo, la segregación, la violencia, la crueldad, el miedo, la humillación y la degradación humana en situaciones límite. *
Nota extraída del diario "La República" 16 de setiembre de 2001



LA ESCLAVITUD EN EL MONTEVIDEO COLONIAL

La trata de negros en la Banda Oriental, igual que en sus hermanas latinoamericanas, constituyó un excelente negocio para los negreros y, en cierto aspecto, para las arcas del Cabildo. En particular para Montevideo, porque su puerto favorecía el tránsito de buques de ultramar. En la segunda mitad del siglo XVIII, entre los años 1750 y 1810, entraron a puerto, traídos por buques de diferentes nacionalidades unos veinte mil esclavos que aportaron, por concepto de tributos, unos trescientos mil pesos fuertes. Un negro valía unos doscientos pesos de esa moneda. En cambio, unos pocos de ellos quedaban en Montevideo. Un censo practicado en 1778 indicó un total de 1368 esclavos, suma equivalente al 20% de la población montevideana de entonces. Con el crecimiento y desarrollo de Montevideo, el número de esclavos aumentó considerablemente llegando, en 1790, a 5.000 aproximadamente, más de la población total.
Las condiciones sanitarias en que llegaban los pobres infelices hacinados en las bodegas, mal alimentados y sin condiciones higiénicas de ninguna clase, causaron mortandad y afecciones graves que alertaron a las autoridades responsables de la salud pública. En cierta oportunidad, el Cabildo de Montevideo, teniendo en cuenta que el depósito de los negros se hacía dentro del pueblo, procedimiento que estimó “opuesto a la piadosa mente del soberano que no vigila en otra cosa que proporcionar a sus vasallos por cuantos medios le dicta su tierno amor, la mayor sanidad y preservarlos de todo contagio” .......... dispuso una serie de medidas profilácticas con respecto a la introducción de negros que “viene cubiertos de sarna y llenos de otros males capaces de infectar la parroquia”, por lo cual “corresponde prevenir el daño general que pueda esparcirse en la ciudad........ “.
Las disposiciones de orden higiénico comprendían la creación de una Junta de Sanidad, la obligación de visitar los buques que hacían tráfico de negros y la permanencia en puerto por un plazo de cuarenta días.
Un episodio que merece destacarse ocurrió en 1787 cuando llegó a Montevideo un barco cargado con estos infelices. El Cabildo de Montevideo, cuenta Isidoro de María, dispuso que se alojaran fuera de la ciudad, disponiendo que, con tal fin, se levantara un barracón con capacidad suficiente para albergarlos. La construcción se levantó próxima al arroyo Miguelete, en un lugar cercano al que ocupan hoy, las instalaciones de la Ancap, en la Rambla Sud América y calle República Francesa.
Ocupaba, dice de María, una manzana aproximadamente, bajo muro, teniendo en el centro cinco piezas edificadas, dos grandes almacenes, cocina, techo de teja. Por mucho tiempo, continúa de María, sirvió para depósito de los pobres negros condenados a la esclavitud.
Embarco de esclavos @ Unesco
Vino luego el sitio chico y grande "de esta plaza, del año 11 al 14 y otro fue su destino, convirtiéndose en ruinas, quedándole el nombre vulgar de CASERIO DE LOS NEGROS”. Allí acudían los señores de entonces a comprar esclavos. Algunos como Lucas Obes negociaban al por mayor, para luego revenderlos.

Ing. Ponciano S. Torrado
Almanaque del Banco de Seguros del Estado 1965
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Planos de montevideo



En el año 1800, la ciudad de San Felipe de Montevideo iba creciendo sobre la península. Mas allá de las murallas, que la circuían por la parte que conducía al campo, partían ondulados caminos y sendas, que desde los portones de San Pedro y de San Juan de la plaza fuerte hacia la línea del Cordón y la Fuente de Canarias unían una irregular edificación siempre en aumento.
En la transparente lejanía movíanse los jinetes, rechinantes carretas o algún coche de camino, con sopandas, a todo el marchar de sus ruedos.
Según el censo levantado pocos años después —para ser más precisos, en 1803—, por el subteniente de infantería Nicolás de Vedia, dentro de muros vivían 9.367 habitantes; en el arrabal de la ciudad, 1.561; en el ejido, 1.004; en los propios, 2.161.

En el casco urbano se registraron 5.915 blancos, 138 naturales, 294 pardos libres, 146 morenos libres, 88 pardos esclavos y 2.786 morenos esclavos, cantidades de ambos sexos a cuya suma hay que agregar 60 personas existentes en el convento de San Francisco, incluyendo un sirviente blanco y 30 esclavos.
El principal grupo social montevideano de la época, —excluyendo a los oficiales de alta jerarquía—, importantes comerciantes (importadores y exportadores), estancieros, saladeristas, navieros y agricultores, gravitaban en la dirección de la ciudad, algunos de ellos desde sus cargos concejiles como Joaquín de Chopitea (alcalde de primer voto), Juan Ignacio Martínez (alcalde de segundo voto), Mateo Vidal (alférez real), Juan Antonio Bustillo (alcalde provincial) y Ramón de Cáceres (alguacil mayor).
La mayor parte del trabajo servil era ejecutado por negros y por indígenas guaraníes.
Los privilegios concedidos por el rey de España a Montevideo, sede del Apostadero naval para impedir la expansión económica y territorial de Inglaterra en las tierras meridionales de América, puerto de depósito del tráfico esclavista de esta parte del continente y de llegada de los barcos correos, habían consolidado el crecimiento sensible de las exportaciones e importaciones, sustancialmente motivado por las disposiciones sobre comercio libre y la creación de la aduana. "Puerto mayor de Indias", en su ensenada podían anclar sin riesgo navíos de toda dimensión, pero el Consulado de Buenos Aires procuraba habilitar como puerto de arribo la ensenada de Barragán, actitud que provocó la oposición del cabildo montevideano.
Fuertes baterías defendían la ciudad de un posible ataque por mar.
Las casas estaban construidas con piedra y ladrillos y tenían sólo una planta, en su mayoría con azotea, salvo contadas excepciones, que gozaban de doble planta, como la perteneciente al lisbonés Manuel Cipriano de Melo y Meneses (Zabala 1469), que ha subsistido hasta nuestros días.
Las mejores viviendas tenían pisos de ladrillo, pero en su mayoría eran de tierra. Muy pocas de las casas de comercio tenían vidrieras. Había unas ciento treinta pulperías. Las que se encontraban fuero de las murallas señalaban su presencia al viajero con una pequeña veleta o bandera.
Cuando el tiempo estaba frío o húmedo, se utilizaban braseros, cuyos fuegos eran encendidos en los patios para luego llevarlos a las habitaciones.
Las principales casas de la ciudad disfrutaban de aljibes, pero el agua era también transportada en carros, desde pozos cavados en la arena, en la orilla del rio.
Las calles, polvorientas en verano, en tiempo lluvioso presentaban un aspecto lastimoso con sus pantanos intransitables. Todas, desde 1778, tenían nombres extraídos del santoral católico. Según el plano de Juan de los Reyes, de 1800, eran las siguientes, a partir del extremo norte: San Miguel (actual Piedras); San Luis (Cerrito); San Pedro (25 de Mayo); San Gabriel (Rincón); San Diego (Washington); San Carlos (Sarandí); San Sebastián (Buenos Aires) y San Ramón (Reconquista).
Las transversales a estas calles llevaban las siguientes denominaciones: San José (Guaraní); San Tomás (Maciel); San Vicente (Pérez Castellano); San Benito (Colón); San Agustín (Alzáybar); Santiago (Solís); San Francisco (Zabala); San Felipe (Misiones); San Joaquín (Treinta y Tres); San Juan (Ituzaingó); San Fernando (Juan Carlos Gómez) y Del Pilar (Bartolomé Mitre).
Una característica dominante de los habitantes de Montevideo era su religiosidad. Casi todas las casas de la ciudad y aún las chozas de los indígenas guaraníes de los alrededores, tenían crucifijos y por lo general un nicho santificado para la imagen, comúnmente de Jesucristo o de la Virgen María. En la cima de algunas colinas existían cruces con inscripciones en latín.
Se estaba edificando la nueva Iglesia Matriz, que podía ya divisarse de gran distancia. Fue recién inaugurada en octubre de 1804. También se iniciaba la construcción del fanal del Cerro, que comenzó a funcionar en 1802.
Cerca de la parte alta de la ciudad se encontraba la plaza del mercado, donde se exhibían para la venta hortalizas y frutas que producían en abundancia las tierras fertilísimas de las chacras montevideanas.
La madera para combustible era escasa y la mayor parte era traída desde el río Santa Lucia. Había cerca de Montevideo una gran cantera, cuya mano de obra era indígena.

Residencia del Sr. Francisco Llambí, edificio de los tiempos hispánicos (1834) 

Casa de los comedias. Primer coliseo oriental. Fue inaugurado en 1793 en el predio de la actual calle 1° de Mayo, entre Zabala y 25 de Mayo.

Refiriéndose a los españoles de la ciudad, señala un observador inglés contemporáneo:
"...son morochos, pero algunas de las señoras son rubias. Los soldados usan patillas negras. . . Los caballeros difieren poco en la vestimenta de los europeos; usan capas. . . Los vestidos de las señoras son más diferentes; no usan gorros, sino que sus largos cabellos son atados formando un alto moño, y algunas tienen elegantes peinetas circulares; no usan blusas, sino una chaqueta corta que cubre la parte superior de su enagua u otra ropa; llevan zapatos singularmente altos; se cubren la cabeza y casi la cara, con una capucha negra que rodea los hombros, de tal modo que, cuando van a misa con sus rosarios y crucifijos en brazos, las he tomado a cierta distancia por un grupo de frailes. Los niños de ambos sexos son vestidos en el mismo estilo..."
Y agrega: "Es costumbre universal que inmediatamente después del almuerzo damas como caballeros se retiren a la cama, y les molestaría tanto si se les impidiera hacerlo, como a nosotros la falta de descanso nocturno."
Los sastres y los zapateros constituían el grupo más numeroso de hombres entregados a un oficio regular.
Los principales artículos de exportación eran los cueros vacunos y la carne salada. Precisamente, en 1800, se embarcaron con destino a los puertos del Brasil y otras colonias extranjeras 27.794 quintales ( 1:276.856 kilogramos) de carne salada.
También se embarcaban para España, traídos río abajo, los tesoros del Perú, junto con otros artículos del país, como sebo y pieles de leopardo, de tigre y de león americano, y asimismo yerba del Paraguay.
En cuanto a precios, los visitantes encontraban la ropa y los utensilios de uso casero demasiado caros. Casi todas las prendas de vestir costaban cuatro veces más que en Inglaterra y aún tenían precios más altos.
El alquiler anual de un cuarto sin ventana ni chimenea era de 48 pesos de 8 reales, equivalentes a 48 dólares estadounidenses; de una casa compuesta de dos habitaciones y un patio, 100 pesos. Los esclavos costaban entre 250 y 260 pesos. Las negras esclavas tenían un precio más elevado: $ 280, aproximadamente. El ganado vacuno se podia adquirir a 8 reales cada unidad, las yeguas a 2 reales, los caballos mancarrones a 18 reales y un redomón por 20 reales cada uno.
Algunos de los vecinos principales tenían objetos de plata labrada, como el brigadier Juan Francisco García de Zúñiga, el cabildante Mateo Vidal y la viuda del mariscal de campo y primer gobernador de Montevideo José Joaquín de Viana, doña María Francisca de Alzáybar.
Las principales fiestas de lo época se celebraban el 30 de abril y el 1º de mayo, días de los Santos Patronos de la ciudad.
Por la tarde del 30 de abril formaban los ediles a caballo, con arreos de gala, frente a la casa capitular. Del grupo se destacaba el alférez real, con vestimenta de terciopelo y sombrero de pico, que sostenía en su mano derecha el pendón real de la ciudad.
Rodeados por el pueblo se dirigían luego al fuerte en busca del gobernador quien, con entorchados y cruces, se colocaba a la izquierda del alférez real y a la derecha del alcalde de primer voto. Desde allí las autoridades se trasladaban a la Iglesia Matriz, donde en breve ceremonia el cura vicario les ofrecía el agua bendita y se cantaban vísperas con órgano. En horas de la mañana del día siguiente se efectuaba la misma ceremonia y gobernador y regidores escuchaban misa y sermón.
Con motivo de estas fiestas patronales se iluminaba lo ciudad y se enramaban las calles con laurel para el paseo del pendón real.
Otra de las atracciones de la sociedad montevideano era la Casa de Comedias, que ya en 1800 figura inscripta en el plano de De los Reyes, como Coliseo. También algún volatín se presentaba en corralones de la ciudad, como aquél llamado Fernando García que en marzo de ese año brindó números de gran diversión popular.
Un distinguido marino gobernaba Montevideo y su jurisdicción desde el 11 de febrero de 1797: el santanderino José de Bustamante y Guerra (1759-1825). En 1804 le va a suceder otro marino, Pascual Ruiz Huidobro.
Bustamante y Guerra había comenzado su carrera naval a la edad de once años, interviniendo posteriormente en numerosos combates.
En 1784 con el grado de capitán de fragata comandó la corbeta real "Atrevida", que junto con la llamada "Descubierta" salieron de Cádiz con el designio de dar la vuelta al mundo en trascendente misión científica y política.
Durante su estada en Montevideo, los marinos españoles levantaron un plano del Rio de la Plata y realizaron importantes observaciones astronómicos en una casa del barrio Sur próxima al fuerte de San José. Luego siguieron reconociendo la costa patagónica y Las Malvinas, llegando hasta Acapulco y Oceanía, para regresar desde el puerto de El Callao a España, donde arribaron luego de cinco años de navegación.
En 1795 Bustamante y Guerra fue ascendido a brigadier, confiándosele al año siguiente la jefatura de las fuerzas navales del Plata y el gobierno político y militar de Montevideo, cargos que desempeñó con acierto cabal.
Quizás uno de los más expresivos elogios de su gestión lo formuló en el acuerdo del Cabildo del 15 de noviembre de 1800 el regidor decano quien, ante una exposición de Bustamante y Guerra, dijo que el pueblo de Montevideo, de apenas setenta para ochenta años, se le quería dotar de comodidades que no habían tenido en largo tiempo Madrid, Cádiz, Barcelona y otras ciudades.
Ese día el gobernador, dirigiéndose a los regidores, precisó con elocuencia los fundamentos para establecer un arbitrio capaz de remediar los males públicos.
Pormenorizó el estado deplorable de las calles donde se arrojaban, al igual que en los huecos, toda clase de residuos, causa principal de las epidemias temporales que se padecían; puso énfasis al hablar sobre la urgencia de construir alcantarillas y puentes en los "temibles pasos" del arroyo Seco y del Miguelete, que en tiempos de lluvia intensa interrumpía la comunicación con Montevideo, impidiendo así la llegada de las producciones para su subsistencia; reclamó la recolección de basuras; la limpieza y mantenimiento del puerto que habría "de abrigar dentro de pocos años más de doscientas embarcaciones", luego de realizarse las obras proyectadas de fortificación; los recursos necesarios para la conclusión de las obras de la Iglesia Matriz, Casas capitulares y Cárcel pública, por la triste situación en la cual se hallaban los delincuentes; la construcción de un lavadero en el Cordón, bajo la protección y vigilancia de la guardia allí
existente, dado que los criadas, al ir a lavar a un lugar tan alejado como era el Buceo, estaban proclives a contraer "vicios, aun las más recatadas" ...
A fines de diciembre, en un nuevo acuerdo del Cabildo, se hizo el repartido de cuarenta mil pesos, cantidad a la que ascendió la propuesta del abasto de carne, destinándose $ 1.500 a la fábrica de la Iglesia Matriz, S 1.500 a obras en el Cabildo y $ 1.500 para el Hospital de Caridad. Los restantes $ 35.500 se aplicarían en la limpieza de calles y en el empedrado de las mismas; en la composición de caminos; en el allanamiento de los malos pasos existentes hasta el Miguelete y en la construcción de los tan necesarios puentes y alcantarillas sobre el paso del Molino y el arroyo Seco.
Así, esperanzada, iniciaba el siglo XIX Montevideo, una ciudad, por aquellos lejanos tiempos, casi con estatura de talla humana.
Aún transcurrirían siete conmovidos años para que se divulgaran las odas y cantos de aliento patriótico de su primer poeta; para que fuera representada la primera obra de un autor teatral oriental.


LA VIDA DE LAS PERSONAS ESCLAVIZADAS EN MONTEVIDEO COLONIAL

Dice Horacio Arredondo que la Sociedad en la época del Virreinato, fue esencialmente patriarcal. Se caracterizó, en lo que a esclavitud se refiere, por la forma humana como se trataba al servidor doméstico, contrastando con los terribles castigos que los portugueses del Brasil propinaban a sus esclavos, igualados a los animales, al extremo de que el látigo era cosa usual y corriente. Pero eso no era todo. El látigo cedía paso, casi siempre, a torturas de otra naturaleza como la marcación con hierro candente o el estaqueado, medios utilizados para intimidarlos.
Entre los criollos se consideraba la esclavitud un recurso económico. Como recurso político se la consideraba un instrumento útil para facilitar la colonización de los territorios conquistados llegándose a decir, en alguna oportunidad, que la colonización de América fue posible gracias a su ayuda.
Hemos dicho ya que el esclavo cumplía tareas domésticas. Servía a sus dueños con fidelidad llamándolos "amos", y "amitos" a los hijos de sus dueños. Vivían, acota Arredondo, en un pie de igualdad con la clase asalariada generando, en las casas de larga familla, sentimientos de amistad y de familiaridad.
Por lo general las esclavas domésticas eran muy pulcras en cuanto a higiene personal. “Las mulatas esclavas son hermosas, dice Robertson en su obra: “La Argentina en los primeros años de la Revolución”, su vestido es blanco como la nieve, sencillo como sus costumbres y después de proveer a la decencia, es aireado y liviano, de acuerdo a las exigencias del clima. El busto se cubre simplemente con una camisa y los contornos sin ayuda de sostenes, se acusan estando sencillamente la camisa atada a la cintura con una cinta de vivos colores...... “
Los mulatos y negros usaban una especie de “poncho” consistente en una “pieza de tela rayada en bandas de
diferentes colores abierta en el medio, para dejar libre la cabeza que cae sobre los brazos y cubre hasta los puños”.
A los esclavos negros y mulatos como también a los blancos de condición inferior les estaba reservada las tareas de panadero, pasteleros, bizcocheros, lavanderos, cocineros, o el acarreo de agua, pisar la mazamorra, trabajar la tierra y otros menesteres análogos.
Sus diversiones favoritas -como lo son hoy el fútbol y los deportes- eran las riñas de gallos, y las corridas de
toros que alcanzaron su apogeo en los años anteriores a la Guerra Grande.
Los esclavos menores, llamados “moleques”, debían acompañar a sus amas con el mate o con el farol durante las horas de la noche. La educación de los hijos de familia fue, poco a poco, dejada a cargo de las esclavas de mayor edad. Transcurrió así, en esa forma, la vida social en el período colonial.

COSTUMBRES DEL ESCLAVO MONTEVIDEANO





Es interesante recordar, aunque sea de paso, el uso que los esclavos hacían de sus horas libres, si es que las tenían por la comprensión o tolerancia de sus amos. Especialmente las fiestas en honor de sus santos preferidos o los jolgorios a que se entregaban en fechas especiales como el día de Reyes.
Actuaban en forma organizada, reuniéndose en “salas”, “sociedades” o "naciones” de acuerdo con el origen o
tribu de la que procedían. Cada sala tenía un “Presidente", un "juez de fiestas” lo cual les permitía reunir algunos fondos para la celebración de sus conmemoraciones religiosas.
Los negros afincados en el Uruguay no crearon ritos independientes de las prácticas cristianas, ni siquiera intentaron imponer el culto de sus dioses.
Andando el tiempo, el esclavo aprendió a querer al Dios que adoraban los españoles y criollos, mezclando los himnos religiosos de las iglesias con el ritmo y las voces ancestrales del África lejana.
El recuerdo de sus aldeas, de su tierra y el dolor que sentían por la libertad perdida, sumados a los nuevos sentimientos religiosos que arraigaban en ellos, juntando temores y resentimientos, se tradujeron en cantos de lánguida nostalgia y en danzas frenéticas, donde el tambor proyectaba, en las manifestaciones, el desborde y el ardor de su sangre moza.
En este juego de ritos y creencias, el negro era dueño de su voluntad. Sus santos preferidos, San Benito y San Baltasar, por ser ellos mismos de raza negra, eran honrados a su manera. Son conocidas sus festividades y las expresiones del ceremonial que cumplían, a veces con la ayuda de sus amas, complacidas en destacar el rol que sus jóvenes siervas habrían de cumplir junto a sus “reales consortes" en esos reinados que apenas duraban un día, terminado el cual volvían al desempeñó de su trajinar rutinario.
Rendían culto a sus muertos con un ceremonial, característico de los “velorios negros” que supo captar la paleta de Pedro Figari. Tenían “un juez permanente de muertos” a cuyo cargo estaba el ritual. Cuando el difunto era miembro de la sociedad lo regaban, corno parte de la ceremonia, con su bebida preferida, entonando cánticos alusivos en presencia del “rey y de la reina” de la comunidad a la que pertenecía.
Las relaciones amorosas entre esclavos eran facilitadas a menudo por los dueños, porque de la unión entre siervos, no liberados, obtenían descendencia - vale decir - cosas que tenían valor para ellos como algo que acrecía su riqueza. En honor a la verdad, salvo casos excepcionales, el esclavo nacido en las casas patricias era estimado. Su venta era poco frecuente y resistida por las familias montevideanas de la época colonial.

Fuente: Ing. Ponciano S. Torrado
Almanaque del Banco de Seguros del Estado 1965
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MONTEVIDEO 25 AÑOS  DESPUÉS


Refiriéndose a los españoles de la ciudad, señala un observador inglés contemporáneo:
"...son morochos, pero algunas de las señoras son rubias. Los soldados usan patillas negras. . . Los caballeros difieren poco en la vestimenta de los europeos; usan capas. . . Los vestidos de las señoras son más diferentes; no usan gorros, sino que sus largos cabellos son atados formando un alto moño, y algunas tienen elegantes peinetas circulares; no usan blusas, sino una chaqueta corta que cubre la parte superior de su enagua u otra ropa; llevan zapatos singularmente altos; se cubren la cabeza y casi la cara, con una capucha negra que rodea los hombros, de tal modo que, cuando van a misa con sus rosarios y crucifijos en brazos, las he tomado a cierta distancia por un grupo de frailes. Los niños de ambos sexos son vestidos en el mismo estilo..."
Y agrega: "Es costumbre universal que inmediatamente después del almuerzo damas como caballeros se retiren a la cama, y les molestaría tanto si se les impidiera hacerlo, como a nosotros la falta de descanso nocturno."
Los sastres y los zapateros constituían el grupo más numeroso de hombres entregados a un oficio regular.
Los principales artículos de exportación eran los cueros vacunos y la carne salada. Precisamente, en 1800, se embarcaron con destino a los puertos del Brasil y otras colonias extranjeras 27.794 quintales ( 1:276.856 kilogramos) de carne salada.
También se embarcaban para España, traídos río abajo, los tesoros del Perú, junto con otros artículos del país, como sebo y pieles de leopardo, de tigre y de león americano, y asimismo yerba del Paraguay.
En cuanto a precios, los visitantes encontraban la ropa y los utensilios de uso casero demasiado caros. Casi todas las prendas de vestir costaban cuatro veces más que en Inglaterra y aún tenían precios más altos.
El alquiler anual de un cuarto sin ventana ni chimenea era de 48 pesos de 8 reales, equivalentes a 48 dólares estadounidenses; de una casa compuesta de dos habitaciones y un patio, 100 pesos. Los esclavos costaban entre 250 y 260 pesos. Las negras esclavas tenían un precio más elevado: $ 280, aproximadamente. El ganado vacuno se podia adquirir a 8 reales cada unidad, las yeguas a 2 reales, los caballos mancarrones a 18 reales y un redomón por 20 reales cada uno.
Algunos de los vecinos principales tenían objetos de plata labrada, como el brigadier Juan Francisco García de Zúñiga, el cabildante Mateo Vidal y la viuda del mariscal de campo y primer gobernador de Montevideo José Joaquín de Viana, doña María Francisca de Alzáybar.
Las principales fiestas de lo época se celebraban el 30 de abril y el 1º de mayo, días de los Santos Patronos de la ciudad.
Por la tarde del 30 de abril formaban los ediles a caballo, con arreos de gala, frente a la casa capitular. Del grupo se destacaba el alférez real, con vestimenta de terciopelo y sombrero de pico, que sostenía en su mano derecha el pendón real de la ciudad.
Rodeados por el pueblo se dirigían luego al fuerte en busca del gobernador quien, con entorchados y cruces, se colocaba a la izquierda del alférez real y a la derecha del alcalde de primer voto. Desde allí las autoridades se trasladaban a la Iglesia Matriz, donde en breve ceremonia el cura vicario les ofrecía el agua bendita y se cantaban vísperas con órgano. En horas de la mañana del día siguiente se efectuaba la misma ceremonia y gobernador y regidores escuchaban misa y sermón.
Con motivo de estas fiestas patronales se iluminaba lo ciudad y se enramaban las calles con laurel para el paseo del pendón real.
Otra de las atracciones de la sociedad montevideano era la Casa de Comedias, que ya en 1800 figura inscripta en el plano de De los Reyes, como Coliseo. También algún volatín se presentaba en corralones de la ciudad, como aquél llamado Fernando García que en marzo de ese año brindó números de gran diversión popular.
Un distinguido marino gobernaba Montevideo y su jurisdicción desde el 11 de febrero de 1797: el santanderino José de Bustamante y Guerra (1759-1825). En 1804 le va a suceder otro marino, Pascual Ruiz Huidobro.
Bustamante y Guerra había comenzado su carrera naval a la edad de once años, interviniendo posteriormente en numerosos combates.
En 1784 con el grado de capitán de fragata comandó la corbeta real "Atrevida", que junto con la llamada "Descubierta" salieron de Cádiz con el designio de dar la vuelta al mundo en trascendente misión científica y política.
Durante su estada en Montevideo, los marinos españoles levantaron un plano del Rio de la Plata y realizaron importantes observaciones astronómicos en una casa del barrio Sur próxima al fuerte de San José. Luego siguieron reconociendo la costa patagónica y Las Malvinas, llegando hasta Acapulco y Oceanía, para regresar desde el puerto de El Callao a España, donde arribaron luego de cinco años de navegación.
En 1795 Bustamante y Guerra fue ascendido a brigadier, confiándosele al año siguiente la jefatura de las fuerzas navales del Plata y el gobierno político y militar de Montevideo, cargos que desempeñó con acierto cabal.
Quizás uno de los más expresivos elogios de su gestión lo formuló en el acuerdo del Cabildo del 15 de noviembre de 1800 el regidor decano quien, ante una exposición de Bustamante y Guerra, dijo que el pueblo de Montevideo, de apenas setenta para ochenta años, se le quería dotar de comodidades que no habían tenido en largo tiempo Madrid, Cádiz, Barcelona y otras ciudades.
Ese día el gobernador, dirigiéndose a los regidores, precisó con elocuencia los fundamentos para establecer un arbitrio capaz de remediar los males públicos.
Pormenorizó el estado deplorable de las calles donde se arrojaban, al igual que en los huecos, toda clase de residuos, causa principal de las epidemias temporales que se padecían; puso énfasis al hablar sobre la urgencia de construir alcantarillas y puentes en los "temibles pasos" del arroyo Seco y del Miguelete, que en tiempos de lluvia intensa interrumpía la comunicación con Montevideo, impidiendo así la llegada de las producciones para su subsistencia; reclamó la recolección de basuras; la limpieza y mantenimiento del puerto que habría "de abrigar dentro de pocos años más de doscientas embarcaciones", luego de realizarse las obras proyectadas de fortificación; los recursos necesarios para la conclusión de las obras de la Iglesia Matriz, Casas capitulares y Cárcel pública, por la triste situación en la cual se hallaban los delincuentes; la construcción de un lavadero en el Cordón, bajo la protección y vigilancia de la guardia allí
existente, dado que los criadas, al ir a lavar a un lugar tan alejado como era el Buceo, estaban proclives a contraer "vicios, aun las más recatadas" ...
A fines de diciembre, en un nuevo acuerdo del Cabildo, se hizo el repartido de cuarenta mil pesos, cantidad a la que ascendió la propuesta del abasto de carne, destinándose $ 1.500 a la fábrica de la Iglesia Matriz, S 1.500 a obras en el Cabildo y $ 1.500 para el Hospital de Caridad. Los restantes $ 35.500 se aplicarían en la limpieza de calles y en el empedrado de las mismas; en la composición de caminos; en el allanamiento de los malos pasos existentes hasta el Miguelete y en la construcción de los tan necesarios puentes y alcantarillas sobre el paso del Molino y el arroyo Seco.
Así, esperanzada, iniciaba el siglo XIX Montevideo, una ciudad, por aquellos lejanos tiempos, casi con estatura de talla humana.
Aún transcurrirían siete conmovidos años para que se divulgaran las odas y cantos de aliento patriótico de su primer poeta; para que fuera representada la primera obra de un autor teatral oriental.

Montevideo: Veinticinco años después

Corría el año 1825. En nuestro país imperaba en el orden político y militar el invasor brasileño, que detentaba su codiciada "frontera natural del Plata".
La "Muy Fiel, Reconquistadora y Benemérita de la Patria Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, capital del Estado Cisplatino", como se le titulaba pomposamente en la época en documentos oficiales, albergaba menos de 15.000 habitantes y más de 4.000 soldados, que integraban las fuerzas de ocupación.
Fuera de sus murallas y sus fosos se extendía un territorio escasamente poblado y empobrecido económicamente por los efectos de la guerra y las extracciones de ganado vacuno, que trasponía nuestra frontera en beneficio de los estancieros y saladeristas riograndenses. El afincamiento de familias luso-brasileñas en las propiedades que habían sido de españoles o de criollos, gravitaría por largos años en el proceso de la organización nacional, especialmente en el norte uruguayo.
Es entonces cuando el grito heroica y quijotesco de Libertad va a retumbar, como lo dijera el héroe de la época, por los dilatados campos de la patria.
"Los Patrias", triunfantes en las acciones del Rincón y Sarandí, afirman con su coraje y con sus armas, el sentimiento de nacionalidad.
El espíritu montevideano de individualidad se había manifestado en sucesos memorables de su historia: durante su bizarra y ardorosa defensa ante el ataque inglés; en su rebeldía contra la autoridad virreinal en 1808 y en su oposición a la Junta de Buenos Aires en 1810; en los sitios de los ejércitos patriotas; en la ocupación porteño de 1814; en la resistencia soterrada y a veces manifiesta al gobierno de Purificación.
Quien había forjado la nacionalidad, quien había sido Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres, don José Artigas, se hallaba ahora confinado en la selva paraguaya, en Curuguaty. Su recuerdo se silenciaba o se rememoraba para condenar su época llamada entonces "de la anarquía y del desorden".
Un viajero que llega ese año de 1825 a Montevideo, la encuentra con sus murallas arruinadas, las calles abandonadas, las habitaciones deterioradas.
Los suburbios de la ciudad, los huertos del Miguelete, ofrecían un aspecto de ruina y desolación. Pero, a poco, la guerra y el bloqueo de Buenos Aires, posibilitarían su prosperidad comercial.
El gobierno cisplatino descuidaba la realización de obras públicas. De la labor realizada ese año por el cabildo montevideano sólo se destaca, a indicación del capitán general Carlos Federico Lecor y por ser necesario al servicio militar, el traslado del mercado desde la plazoleta de la Ciudadela y Plaza Mayor al predio que a beneficio público cediera en 1792 el extinto ministro de la Real Hacienda José Francisco de Sostoa y su esposa. Dicho predio, como se recordará, se hallaba situado sobre la actual calle Mercado Chico y Sarandí.
Un atento observador inglés contemporáneo clasificaba así la población del Estado Cisplatino, desde el punto de vista político: realistas (casi exclusivamente viejos españoles), patriotas (clases bajas de los criollos que consideraban a la ocupación brasileña como una usurpación), imperialistas (militares, antiguos colonos portugueses, comerciantes, ganaderos y propietarios de tierras, entre estos últimos, también criollos y viejos españoles, con grandes propiedades y riquezas) y una gran masa de indiferentes, entre ellos muchos españoles, aventureros políticos con notorios cambios de frente durante las distintas ocupaciones y quienes adherían al gobierno del momento, con tal de que brindara seguridad a sus personas e intereses. Había también admiradores de la disciplina británica, ansiosos de una nueva dominación.
Luego del movimiento emancipador de Lavalleja, en razón del bloqueo de Buenos Aires, se hallaban en la rada montevideana numerosos barcos de guerra brasileños y barcos mercantes capturados o detenidos allí.
Los comercios comenzaban a desbordarse de mercaderías destinadas a la capital argentina, en espera de la terminación de la guerra.
La comunicación frecuente en los últimos tiempos con las gentes de otros países, había dotado a los montevideanos de mayor soltura y amabilidad.
La belleza de los mujeres de Montevideo, vivaces, elegantes, de cutis pálido y expresivos ojos negros, concitaban la admiración de todos los viajeros. Se les veía al atardecer por las veredas visitando los negocios, con sus abanicos, esos "hechiceros auxiliares de la conversación". Era costumbre recibir una flor de las bellas manos de las jóvenes, cuando algún amigo o pretendiente las encontraban ocasionalmente o las visitaban en sus residencias. Las de familias principales tenían elegantes pianofortes.
Los niños y las niñas se divertían remontando cometas en las azoteas de sus casas, en horas de la tarde, cuando se reunían allí el núcleo familiar y las visitas,
Exceptuando Chile, donde los negros eran absolutamente libres desde 1823, Montevideo ero la ciudad de América Meridional donde se les trataba más bondadosamente.
El día de los Reyes Magos, el 6 de enero, los esclavos y los negros libres, reunidos según su origen africano, elegían un rey que lucía en lo ocasión un llamativo uniforme, charreteras y espada, prestados por sus amos. Las reinas y damas de honor estaban también ataviadas con elegancia.
El viajero francés Alcides D'0rbigny que describiera estos fiestas negras, refiere que concurrían primero a misa, luego paseaban por la ciudad y finalmente congregados en la plazoleta del mercado donde se aglomeraban en número mayor de seiscientas personas, ejecutaban danzas características de su nación: bailes guerreros, simulacros de labores agrícolas y figuraciones lascivas.
La capital del Estado Cisplatino seguía teniendo su fiesta máxima el día del natalicio de los apóstoles San Felipe y Santiago.
El teatro era pequeño. Su techo estaba sostenido por dos grandes columnas que dificultaban la visión del escenario por encontrarse en el centro de la platea. Ni ésta ni los palcos tenían asientos en la época, por lo que cada señora se hacia llevar su silla por un doméstico.
Las torres de la catedral, espacioso edificio de ladrillo, dominaban el escenario geográfico. La elegante cúpula estaba cubierta con brillante loza inglesa de color azul.
Las numerosas fortificaciones que rodeaban la ciudad estaban dotadas de centinelas. "Todo recordaba la guerra". A la distancia se divisaban los ponchos azul y rojo de los gauchos, que pronto independizarían definitivamente nuestra patria.
                                              por Aníbal Barrios Pintos
                       Almanaque del Banco de Seguros del Estado - años 1975/76